Mes: mayo 2013

¡Chichon! Para la profe Paula

perro feoVoy transitando tranquilo en el automóvil, bien sobre la derecha para no molestar a nadie. Total, a los muy viejos sólo nos esperan los animales. En mi caso: Chichón. Ese perro molesta mi soledad con sus diabluras y me permite diferenciar aun los días.
¿Otro más? Es el tercer campeón de fórmula uno que me pide paso con su prepotente bocina. Pongo el guiño, prendo la baliza, le hago señas ¡No sé que más pretende!
Finalmente me sobrepasa mascullando algo que no entiendo. Por las dudas lo saludo con los dedos, haciéndole la V de la victoria ¿O sólo levanté el dedo medio?
Se ha hecho tarde. Me sorprenden las farolas de la calle que acaban de encenderse, ya está oscuro. Regreso.
Abro los portones del garaje y enciendo la luz. Al subirme nuevamente al coche me doy cuenta que se han quemado dos bombillas y casi no veo la entrada. No tiene importancia, me digo, hace más de cuarenta años que lo uso. Hasta con los ojos vendados podría entrar. Tal cual, aterrizaje perfecto. Sólo me molesta ese escalón de la entrada, parece que hubiera crecido. Decido una vez más colocarle una pequeña rampa y como siempre, lo dejo para mañana.
Cierro los portones y al hacerlo recuerdo mi primer encuentro con Chichón: yo salía cargado con las bolsas de basura de casi una semana, enojado por mi propio abandono y allí estaba él. El perro más pequeñamente feo que hubiera visto en mi vida. El rabo parecía las alas de un colibrí, sin dudas se reía de mí y sus piruetas terminaron derrumbando el mal humor. Cuando entré con él tropecé y me pegué tal golpe en la pantorrilla que al día siguiente tenía su nombre amoratado sobre ella.
¡Qué descuido! He dejado abierta la puerta que comunica al garaje con la casa. Debo poner más atención.
¡Chichoónn! Qué extraño no me esté revoloteando.
Debe estar en el jardín, no soporta a los gatos. Más vale espantar al gato que tratar de calmarlo.
¡Chichoónn! No lo siento… Reviso y le completo agua y comida; casi no quedaba, de modo que comió hasta hace poco.
Subo a los deshabitados dormitorios ¿Chichón? ¿No estarás masticando el cubrecama de Elsa, no? No.
Enciendo todas las luces, me apresuro de cuarto en cuarto. El frío del miedo va invadiendo mi corazón ¡¿Dónde estás manojo de pelos?! ¡Ingrato, ladrame!
Abro las ventanas para mirar hacia fuera, vana ilusión que ya sé inútil, pues todo estaba cerrado.
He pasado la noche en vela, sin comer ¡Chichoónn!
Siento que tengo muy baja la presión, debo salir ¡ya! o no saldré.
Como sonámbulo abro los portones y arrancando salgo con el auto golpeando nuevamente el escalón. Desde otra dimensión, a través del parabrisas lo veo. Aplastado por las huellas de los neumáticos, todavía muerde la pelotita amarilla que le regalé la semana pasada.

 

Carlos Caro
Paraná, 30 de enero de 2013
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La bici

La biciHace varios años que por precaución y con un éxito inesperado me vacuno todos los otoños. Este año algo debe haber fallado y me pesqué un molesto resfriado. Me tuvo a mal traer casi una semana completa y luego que pasó, seguía sintiendo mi aliento alterado. Por las dudas hice una cita con mi “respirologo”.
Hoy por fin, luego de quince días, Su Majestad Hipocrática se dignará a mirarme ¡Claro! Antes deberé depositar algunos denarios de plata ante ese altar de la medicina. Por supuesto una joven y bella asistente, mientras me distrae, todo ojos y sonrisas, los hará desaparecer como por arte de magia.
De modo que esa tarde nos dirigimos con Julia al encuentro de Florencio, mi médico. Nos reencontramos como viejos amigos intermitentes y luego del estudio de siempre, emitió su veredicto: estaba hecho bolsa.
Finalmente, con el mandato de hacer bicicleta fija todos los días me pronosticó una lenta pero segura recuperación y nos despedimos.
Mientras retornamos, advierto que la llaman “bicicleta fija” porque le han amputado las ruedas; no sé por qué me involucro y siento que me duele.
Mientras Julia maneja, el monótono movimiento del auto me aleja hacia la infancia y recuerdo cuando, estando en cuarto o quinto grado, papá me compró mi bici. La compró como se compraban las cosas en ese entonces: de calidad y para que durara toda la vida. Era una “Bianchi” legítima y encima, de entrenamiento, tenía el manubrio angostito y una finas y elegantes cubiertas blancas. Nunca he vuelto a ver cubiertas blancas como aquellas. Lo de para toda la vida significaba que era casi tan alta como yo y para montarla debía “carretear” corriendo a su lado, cosa que tuviera algo de equilibrio al dar el salto. También era celeste, de modo que cuando pedaleaba entusiasmado me veía bandera flameando y yo era el sol de su centro.
Esa noche, busqué “bicicleta de entrenamiento” por internet. Parecen el robot que mandaron a Marte y casi casi al mismo costo. Todas tienen “telemetría digital”, o sea, lo que se usa para dirigir un misil. En este caso, va mostrando el ritmo cardíaco, las respiraciones por minuto, la presión arterial, las calorías consumidas, etc., etc. ¡Las hay con balanza que indican el peso que se va perdiendo! Desconcertado, largo todo y me voy a dormir.
Durante mi sueño me propongo ganar las tres principales carreras de bicicletas del mundo. Me veo glorioso atravesando con los brazos en alto la línea de arrivée derrotando a los galos en el Tour de France. Cruzo los Alpes por el Fréjus que taladra el Mont Blanc y dejo a los italianos con la lengua afuera en el Giro d´Italia. Voy por la Costa Azul hasta España; justamente La Vuelta a España coronará mis esfuerzos. Mientras camino hacia la línea de largada, la gente me reconoce y me rodea para felicitarme. Me convidan con una bota de vino, me piden autógrafos y beso niños, vuelven a convidarme otra bota de vino, me palmean y me aplauden y me convidan una vez más con otra bota de vino. Finalmente, parto de la largada con casi un litro de vino dentro. Apenas dos kilómetros después, digo basta y me siento, medio borracho, en la banquina. Estos españoles han podido conmigo sin siquiera tener que sudar. La muchedumbre me rodea nuevamente y, riéndonos a carcajadas, festejamos su astucia y seguimos pasándonos las botas de vino.
Las risas me despiertan y presiento una resaca terrible, pero sólo ha sido un sueño.
Pienso que nos haremos grandes amigos con “esa” nueva bicicleta. La instalaré frente al jardín y mientras, agitado pedalee sin recorrer ni un sólo centímetro, suponiendo dirigirme a mi futuro, mis ojos se volverán hacia adentro y me encontraré de pantalones cortos, esforzándome en puntas de pie para alcanzar esos lejanos pedales. Flameando orgulloso sobre mi “Bianchi”.

Carlos Caro
Paraná, 28 de junio de 2013
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Reto inútil

Cuento en diálogo liibook— ¡Te avisé! Te dije que pasaba algo raro— lo reto enojado
—Sí, tenés razón. Pero la quiero tanto…
—Sos muy viejo para ella ¡Date cuenta!
—No me importa, con tal de que me quiera, le aguanto todo— admite avergonzado.
—Pero decime ¿Vos no veías ese brillo distinto en sus ojos, ese brillo henchido por la preñez?
—Ahora que lo mencionás, entiendo que sí. Creo que no lo he querido ver o mis sentidos me protegían de este tormento.
— ¿Y qué vas a hacer, aguantarle otros hijos?— lo arrincono despiadado.
—No lo sé— confiesa negando con la cabeza.
—Y encima de otro padre ¡El segundo ya!— le grito.
—Es joven, es su naturaleza, la seducen. Pero yo sé que me quiere, más, me adora como al sol de su firmamento— trata de explicarse con un hilo de voz.
—Sos un tonto ¿No viste nada, no la vigilás?
—Sííí, nooo. Bueno en realidad no tengo idea, siempre estamos juntos. No entiendo cómo ha sido.
— ¿Y te la vas a aguantar?— le pregunto incrédulo— ¿No te sentís medio piltrafa?
—Sí, pero me siento así por vos, en lugar de comprenderme me retás ¿Qué clase de amigo sos?— me recrimina airado
—Bueno, perdónnn. Lo que pasa es que me molesta que seas tan ciego; que no tomes al toro por las astas.
— ¡Qué no tomo al toro por las astas!, ¿y vos qué sugerís que haga, que la eche, en su estado, o querés mejor que la mate y se termina todo?— ya me grita.
—No, no…calmate. Tenés razón, soy un imbécil, pero por lo menos contame ¿Por qué la defendés tanto?
—No la defiendo, tampoco la quiero más por lo que ha hecho. Pero del mismo modo tampoco la quiero menos. Escuchame…— me pide ya calmado y muy seriamente—. Me asombra que no me entiendas ¿Hace cuánto que somos amigos, treintaicinco o cuarenta años?— intimó alargando su brazo y tomando mi mano — ¿No hemos ido juntos perdiendo familiares y amigos?— recuerda con angustia— ¿No te das cuenta de tu suerte? Que todavía tenés familia y nietos ¡Carajo! Nietos— se lamentó mientras una lágrima cruza su mejilla— ¿No me sabés acaso sólo y último?
—Pero me tenés a mí y mi familia también es tuya. Viejo carcamán, no te pongas así; me hiciste lagrimear ¡Carajo, yo también!— Me emociono y le palmeo el hombro con afecto
—Sí, no he querido menoscabar tu amistad, pero entendé que ella me quiere y vive conmigo. Ella transforma este desolado caserón, lo llena de olores que persigo o encuentro. Lo llena de sonidos diversos, aunque no estemos juntos, la oigo y la adivino, de un lado al otro, con ese andar elástico y cimbreante. Me descongela los ojos y entonces vuelvo a percibir las aves y las flores, el jardín se colorea y renace nuevamente todos los días. Hay tanta vida, que vuelven todos desde mis recuerdos y ya quedamos estrechos entre tanta dicha. Trata de estar siempre conmigo. Hay veces que sospecho me persigue, permanentemente me sonríe y festeja alegre hasta el más tonto de mis chistes. Ambos admiramos callados el amanecer cuando entra poco a poco por la ventana. Acompaña animosa mis caminatas, las alborota, las hace siempre distintas. Si vos no me visitás, a la nochecita se sienta a mi lado y escuchamos música o miramos la tele. No puedo vivir sin ella pues, sencillamente, vivo por ella. Así que ya ves amigo, no ha habido falta alguna, es imposible que la haya. Enterrá tu hacha de guerra y disimulá, ahí viene— termina susurrando.
Me incorporo, y Antonia corre hacia mí, se para en dos patas y me lame la cara.
—Perra casquivana, no me voy a dejar engañar por tus mimos. Creo que en un mes ya podremos adivinar al galán— la palmeo riendo— ¡Che! Ni se te ocurra mostrarles los cachorros a los chicos. Ya nos encajaste varios— le digo al fin, tan cómplice como siempre.

Carlos Caro
Paraná, 3 de julio de 2013
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Diciembre del 63

Diciembre del 63Levanto la vista y miro hacia el jardín, esa belleza tranquila me sosiega y mi mente vuela:
Estaba aburrido, acodado sobre el parapeto del balcón. No recuerdo justo el día, pero las clases ya habían terminado y la falta de ese tumulto diario se hacía notar. Lo sentía como el hueco de un diente que cambiaba. Yo sabía que allí crecería la secundaria, pero entretanto, el vacío de la primaria me mantenía desconcertado.
El balcón era el de la esquina, en el segundo piso del palacio Bergoglio.
Estaba esperando a mis compinches de la zona, en pleno centro no era sencillo encontrar pantalones cortos.
El movimiento me despabila, lo veo a Paradelo salir de su casa sobre Andrés Pazos, justo frente a la escuela Normal y caminar hacia mí. Me pongo tan atento que, si fuera perro, hubiera parado las orejas. Me escondo entre las columnas del parapeto para espiarlo a escondidas. Al ratito nomás se encuentra con el negro Wolf, que vive media cuadra más arriba, también sobre la calle San Martín. Charlan y me esperan.
¡Son míos! Sonrío con malicia, mientras acomodo varias petacas. Me incorporo de repente y con la gomera les disparo al hilo dos o tres que les estallan alrededor ¡Pucha que son fuertes estas petacas! Saltan desorientados, se chocan entre ellos, no tienen idea de lo que pasa. Me delato al fin con mis carcajadas y se protegen bajo el alero de un negocio.
— ¡Che enano, eso no vale! — grita indignado Ricardo mientras me tira con su gomera.
— ¡No lleeegann! — me burlo riendo, al ver la explosión de su petaca como dos metros más abajo. Le contesto el tiro y la mía estalla sobre el alero ¿Y el negro? Supongo que no ha traído la gomera y están ahora los dos escondidos.
Nuevamente se arriesga Paradelo, con el ceño fruncido para parecer enojado, inútil gesto ya que los dientes de su sonrisa, lo desmienten descarados. Disparamos y las petacas estallan erradas. Es increíble que podamos abatir pájaros en vuelo o gatos huyendo y sin embargo nunca logramos hacer blanco entre nosotros.
Algo explota muy cerca. Miro hacia arriba y veo la nube que produjo. No entiendo.
— ¡Epaa! — exclamo mientras me zambullo bajo el parapeto, otras dos explosiones me han sorprendido.
— ¿Por qué no te burlás ahora, eeh? — oigo lejana la voz de Wolf.
Ahí están, me jorobaron; mientras Ricardo me entretenía, el negro se subió a su terraza y esa fue la primera explosión. Juntos me apuntan. Sin alternativas me levanto y elevando la puntería, tiro; como si fuera un duelo de “caubois”, ellos también.
Estamos tan lejos uno de otros que nadie ha podido seguir con la vista su proyectil. El tiempo se detiene; nos veo a los tres como saludándonos con las gomeras vacías, esperando inmóviles que las petacas nos marquen el destino de nuestros tiros.
El mío nos saca del estupor, explota cinco metros antes, me quedé corto. Un instante después, más acertado, uno de sus tiros pega sobre el vidrio de la puerta que tengo detrás y siento que vibra enojado.
— ¡Pajarones! ¿Me quieren romper el vidrio? ¡Apunten mejor! — les grito atemorizado. El ruido quizás despertó a mi mamá; incansable custodia de las siestas paternas que aparecía molesta con la chancleta fácil ante cualquier ruido. En realidad era indolora, pero esa chancleta producía tal estruendo sobre mis asentaderas que quedaba debidamente escarmentado.
Agarro un mantelito de macramé y lo agito como bandera de tregua.
— ¡Che! Mi mamá se va a enojar y aparte el cine ya empezó ¿Vamos?
— ¡Dale! Te esperamos en la puerta.
Vuelo a través de la escalera, saltando de descanso en descanso. En un santiamén reunimos nuestras risas.
— ¡Cómo me embromaron! ¿Quién le tiró al vidrio? — pregunto intentando parecer agraviado.
—Yo no.
—Yo tampoco.
—Son unos mentirosos ¡Los dos! Corran que ya nos perdimos el principio.
Nos sumergimos en ese mundo oscuro pero familiar del cine Mayo. Ese espectáculo “continuado” que consistía en dos o tres películas proyectadas en la misma sucesión una y otra vez. Uno subía a ese carrusel en cualquier momento y se bajaba al llegar nuevamente a él. Era tan interesante ver una película de principio a fin. Como habiendo visto el final, uno tenía la intriga durante horas de cómo había empezado.
Era una experiencia única. Sin clases y en plena siesta ese cine era nuestro, de todos. Cualquier chico que anduviera sin manija a esas horas terminaba inexorablemente en aquella sala.
La sensación era grupal y tranquilizadoramente anónima. Cada película nos generaba los mismos: ¡AAhhh!, ¡OOhhh! Amábamos y odiábamos en sintonía; eran las mismas risas y los mismos aplausos, cuando el mocito cabalgaba hacia el horizonte montando ese caballo siempre blanco.
El espectáculo también incluía los imprevisibles “cortes”. Cada vez que la película se detenía, protestábamos riendo: ¡BUUUU! ¡BUUUU! Zapateábamos el piso de madera increíblemente sonoro.
Había tres niveles de bochinche que se producían según el tiempo que durara el corte. Hasta los primeros veinte segundos era el bochinche normal. Superado ese límite, algunos ya gritaban en demasía y entraban los acomodadores a poner orden, usando sus linternas como las serpientes de la Gorgona: quedábamos petrificados bajo ese rayo identificatorio. Esto daba resultado por apenas quince segundos más, luego todo se detenía al encenderse de golpe las luces. En este último nivel, el bochinche se había transformado en un grupo de chicos tranquilos y obedientes.
¡Ufaa! Qué tarde se nos hizo. Trotamos atravesando la plaza. Como siempre, San Martín me parece lejano por lo alto que está en el monumento. Sin embargo, el granadero que lo custodia debajo, de bronce verde y proporciones titánicas, me empequeñece y me asombra.
Lo saludamos a Wolf frente a su casa y ya estamos en la esquina, voy a despedirme pero se levanta viento y me entra una basurita en el ojo que me hace llorar. Cuando las lágrimas llegan a la comisura de mi sonrisa, parpadeo.
Vuelvo a ver frente a mí la pantalla con el e-mail que anuncia tu muerte. Bajo la tapa de la computadora y te siento igual que siempre, dentro mío. Hasta mañana Ricardo.
Carlos Caro
Paraná, 8 de mayo de 2013
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