Confesión

Mis tumbasDejo pasar más de una hora larga después de la siesta, no quiero que este sol bravo me haga más difícil la ingrata tarea que debo realizar.

Por fin, despegándome de mis dudas, meto el auto en el garaje y cierro las puertas. Cargo en el baúl pico y pala. Luego, envuelta en una sábana vieja, la coloco con gran cuidado.

Parto y me alejo de la ciudad, transito primero por la zona de quintas donde las plantaciones de legumbres y hortalizas sucumben bajo el aluvión de casas nuevas. Me da esperanzas que la ciudad se expanda a nuevos terrenos y deje de crecer hacia arriba. Cada vez que miro hacia el río, el paisaje está más recortado, siempre se eleva un nuevo edificio como una erupción de cemento y ladrillos.

Ya tomo por esos caminos de tierra, soportables cuando no hay viento ni tránsito. En realidad, disfruto su recorrido pues sus márgenes son un caleidoscopio vegetal, están todos los verdes y amarillos. Los ocres y marrones se destacan en los troncos y en los cortes que le han hecho a las colinas para que el derrotero resulte más llano.

Diviso a la derecha el paraisal a la vera del alambrado; desde aquí ya me refresca su sombra. Es mi lugar por adopción, ni sé quién es el dueño e intuyo solo lo dedica al pastaje ya que la tierra nunca ha sido revuelta.

Atravieso como un púgil en el ring los hilos de acero, me arremango y comienzo a cavar con el pico. Al rato lo desecho por inútil, esa rica tierra es tan suave que me basta con la pala para cavar la tumba.

Me seco el sudor de la frente con el ala del sombrero; la profundidad ya me parece adecuada. Con un suspiro me encamino lentamente al auto y la traigo cariñosamente, la desenvuelvo y contemplo resignado por última vez la bella caja de madera donde puse sus cenizas.

Al oscurecer he debido prender las luces para terminar y dejar el sitio arreglado. Ya en el auto y antes de partir contemplo los tres túmulos que señalan mis crímenes; hasta mi sombrero he dejado en el apuro.

Regresando reflexiono que sólo han sido fracasos: allí está la raqueta de tenis, que enterré después de tres años de ensuciarme con el polvo de ladrillos sin ni siquiera haber entrado al ranking del club, también están los palos de golf, con el putter doblado contra un árbol como desahogo por errar el último tiro que me hubiera dado el campeonato y mi novela, tercamente inconclusa, que tras cinco años, hoy, en un rapto de furia e impotencia terminé arrojando a las llamas.

Sacudo mi cabeza para alejar estos recuerdos. Habrá que comenzar de nuevo. Debe haber algo que pueda hacer bien aparte de mi gris pero remunerativo trabajo.

Creo que probaré con el cine.

Sí, mañana compraré una cámara y luego…

 

Carlos Caro

Paraná, 12 de marzo de 2013

Descargar XPS: http://cort.as/BsLi

 

 

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