Los amaneceres de mi padre

amanecer“Manejo tranquilo por la ruta desierta, en medio de la noche. Bajo y subo por las olas de ese mar geológico de las cuchillas entrerrianas.

Hace tanto tiempo que soy viajante y sin embargo no he podido confesar aún el motivo de mi íntima afición a trasladarme de noche. Julia y mi hija me lo reprochan constantemente; temen por mi seguridad y me ruegan que duerma en algún hotel y vuelva de día o que finalmente me jubile. Debo parecerles un viejo tozudo, pero no comprenden mi vicio.

Miro el reloj del tablero. Casi las cinco y cuarto. En la cumbre de la loma que transito me salgo del camino lentamente, más allá de la banquina sobre el pasto; lo más lejos posible. Apago las luces, luego el motor y finalmente completo el ritual apagando el tablero.

La oscuridad es total excepto por alguna estrella distraída. El automóvil se empieza a enfriar en este julio tremendo, no importa, la imaginación se me dispara y pienso que estoy a doscientos kilómetros de Shangai en plena China o a doscientos kilómetros de Sidney en Australia. Me pongo más autóctono y me sitúo en las sierras de Córdoba. Con todo lo que he leído y visto en este nuevo mundo audiovisual, cualquier lugar por exótico que sea, se me hace propio, conocido. Lleno de aprendidos vericuetos que me encanta recorrer.

El negro va cambiando de una manera exquisitamente lenta. De pronto, sin saber cómo, nuestros ojos separan la tierra del cielo y más tarde me encuentro en un limbo gris que entiendo como el Hades de los griegos. Aquí creo ver a Aquiles llorando a Patroclo, más allá Teseo asecha al Minotauro. Me espanto creyendo que Caronte viene por mí.

En la hondonada de la cuchilla se despierta la niebla, presintiendo el calor del sol. Ya se nota por dónde saldrá y recupero mi brújula natural. Con asombro el primer rayo hiere mis ojos, el cielo ya es celeste. A medida que asciende le devuelve los colores al paisaje, primero a la copa de los árboles, luego a sus troncos y a mí. Finalmente se hunde en la hondonada y comienza a soplar la niebla.

Ha terminado, el mundo ha renacido y yo con él. En el infinito ciclo de los días me siento renovado y trascendente.

Subiré al auto y seguiré el camino, quizás, hasta otro amanecer”.

 

Este es el último amanecer que describió mi padre antes de morir en un tonto accidente de ruta. Está escrito en un sencillo cuaderno escolar. Con mi madre encontramos luego decenas de ellos, mal escondidos en el fondo del ropero.

Los estoy leyendo uno a uno, en un prolongado deleite, ante la inacabable variedad de sus amaneceres. Me ha mostrado el camino y con frecuencia parto de madrugada por alguna ruta, para  reencontrarme con él en un amanecer.

Por fin comprendo su mansedumbre, su alegría, su felicidad constante. Cuán complejo era el que yo suponía simple. ¡Que lástima! Nunca nos dijo nada, seguramente pensando que no lo entenderíamos.

Por eso he empezado mis cuadernos con este escrito, con el dolor de no haberlo abarcado antes y la felicidad que me ha dejado al mostrarme cómo ver un mundo nuevo cada día.

 

Carlos Caro

Paraná, 7 de marzo de 2013

Descargar XPS: http://cort.as/AvjO

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