Desafio

Desafío2— ¡Ahí viene! ¡Ahí viene! ¡Dale! ¡Dale! ¡Daleee! — Le grité medio histérico a Juan.

Nos envolvió una nube de caucho quemado y en un instante recorrimos más de cien metros. La aceleración se sentía como algo viscoso que intentaba retenerme, de no haber estado bien prendido a la manija tras de mi e inclinado totalmente sobre Juan en el asfalto hubiera quedado. Pese a la garra que pusimos el “negro” nos pasa como un misil, dejando una estela como recuerdo.

Un poco desanimado pienso que Juan se equivocó en el arranque, patino mucho y eso nos hizo perder pique.

— ¡Lo paró el semáforo! ¡Vamos Juan, esta vez lo tenemos!

Nos ponemos a la par y fingimos que ni lo vemos. Con razón le dicen el “negro” su moto es negra como su ropa y hasta el mismo casco con su visera oscurecida es negro. No parece humano, para completar su morfología de máquina, aquí y allá se ven brillar algunos pulidos cromados.

Quizás sea la parca en su versión XXI. A su lado debemos parecer un arlequín, tal es la mezcla de colores entre nuestras vestimentas, cascos y moto.

— ¡Verde! ¡Verde! — Ni necesitaba decirlo, Juan está más concentrado y la salida fue perfecta.

Sin embargo ya nos sacó un largo de ventaja. Nos precipitamos a más de ciento veinte kilómetros por hora contra esa valla que conforman los autos que arrancan con el verde del semáforo siguiente.

Los atravesamos como si fueran inmateriales, pese a los zigzagueos no dejamos de acelerar.

— ¡Lo tenemos! — Le grito a Juan con alegría.

Nos ha sacado cincuenta metros de ventaja pero dos cuadras más adelante deberá doblar hacia la ruta y será nuestro.

— ¡Dobló! ¡Dobló antes! — Ya se dio cuenta, mascullo encajando los dientes.

La endiablada curva que damos sin haber tenido la oportunidad de frenar un poco, nos hace inclinar al máximo; veo mi rodilla como si fuera de otro pasar a menos de diez centímetros del asfalto que quiere morder.

¡Maldición! Ha ampliado la brecha y acaba de cruzar un semáforo que se ha puesto en amarillo.

— ¡Pará Juan! ¡No llegamos!

Todo es un bramido de frenos, la acción se hace más lenta, voy registrando cada momento. Ha frenado más con el delantero y la cola se empieza a elevar; si la rueda trasera pierde el contacto con el suelo dejará de frenar y la colisión será inevitable ¿Cómo he podido dudar? Juan ha tenido en cuenta mi peso adicional y nos detenemos suavemente ante la senda peatonal. Es como que el tiempo me alcanzara y ya tiene su ritmo normal.

Abro la visera y el ronroneo del motor va aplacando mi ímpetu, finalmente también me alcanza mi alma, olvidada en la partida.

A mi derecha, sentado en un banco de la plaza, nos observa un chico con ojos asombrados.

Me veo a través de él: primero la pasada desorbitada del “negro” y luego nuestro frenazo memorable. Sí, da miedo. Mentalmente lo desecho. Cuando corro, la adrenalina multiplica mi realidad y sentidos; es un estado único donde la razón casi desaparece, volvemos a ser el cazador o la presa. El corazón y los pulmones se aceleran para estar prestos y el cerebro filtra nuestros sentidos de otra manera para detectar hasta el más minúsculo cambio. El tiempo subjetivo se alarga, vemos las imágenes en cámara lenta para que esa parte primigenia actúe instintivamente de inmediato, sin la razón que nos haría perder tiempo. Es una droga de la cual soy adicto, me siento indestructible y puedo envejecer un día en un instante.

—Bueno ¿Te llevo a tu casa o vamos a practicar? — me pregunta Juan

— ¿A la autopista decís?

—No, creo que estamos listos. Podemos ir a la ruta.

Lo pienso un rato: por la autopista son zigzagueos de autos yendo todos en el mismo sentido. Casi cualquier error de cálculo tiene remedio. En la ruta en cambio es doble mano, al sobrepasar por la otra mano los vehículos vienen en dirección contraria y las velocidades se suman. Cualquier duda puede terminar en desastre.

Pero Juan tiene razón. Hace tres meses que me vino a buscar. Yo no tengo moto, me dedico a acompañar y soy uno de los mejores. “Grieta” me dicen debido a mi casco amarillo surcado por una grieta artísticamente pintada y que, pocos saben, refleja la verdadera grieta que sufrió mi viejo casco cuando me salvó la vida.

Componer un dúo en motos de alta cilindrada requiere más afinidad y trabajo que un matrimonio. La gente piensa que las motos se manejan con el manubrio, cuando en realidad es una danza que ejecuta el conductor con todo su cuerpo. Va cambiando sin cesar el centro de gravedad y la inclinación justa para cada oportunidad. Si a ciento cincuenta kilómetros por hora esto es difícil, que lo realicen dos personas ejecutando la danza al unísono, en el momento preciso, requiere práctica pero fundamentalmente una sincronización psicológica muy especial.

En una semana y con dos o tres golpes ya te das cuenta que la cosa no va a andar y sin rencores cada quien sigue su camino.

Sin embargo con Juan se ha dado, fuera de una caída al principio nos leemos la misma danza. Parece que sobre la moto fuéramos uno. Por otra parte él sólo no podría derrotar al “negro”. En distancias cortas es imbatible, tiene siempre más pique. Por lo tanto tenemos que llevarlo a la ruta, yendo a fondo ya no hay diferencias de aceleración y nuestro mayor peso si lo empleamos bien, nos dará más maniobrabilidad y así de sencillo le ganaremos.

—Tenés razón, y si nos va bien mañana lo cazamos al “negro”— Le contesto al fin.

Regresamos al atardecer agotados, sin fuerzas. La locura nos alucinó durante horas, nos gastó. Apenas comí y me desmayé sobre la cama pensando en el “negro”, mañana…

Me desperté ya alerta, hoy era el día. Hice de mis abluciones diarias, un rito propiciatorio, por último me peiné con cuidado, me mire al espejo como nunca lo había hecho, quería que esa imagen como una foto quedara gravada en mi memoria.

Me vestí con cuidado, cada prenda alisada y abotonada con rigor. Pegué una última mirada a mis dominios y atravesé la puerta para encontrarme con Juan.

Me esperaba tranquilo, con una sonrisa:

— ¿Está todo bien, aplomado?

—Más o menos, pero después de tres meses no aguanto más.

— ¡Mirá! ¡Mirá! — me dice juan señalando la calle detrás de mí.

Se acerca un monstruo negro jugando entre los autos, nos pasa tan rápido con su zumbido de diez mil vueltas por minuto que escondemos la cabeza entre los hombros esperando la onda expansiva que por supuesto es sólo barullo.

—Anoche soñé que lo corríamos a ese tipo — Le comento a Juan

— ¿Nosotros, con mi motonetita? — Se atraganta de la risa — Vos tenés quemado el cerebro por Marita ¿Hoy te encontrás con ella no?

—Sí, quedamos para almorzar. Le voy a pedir que se venga a vivir conmigo. Ya arreglé todo el departamento pero igual estoy nervioso.

—Bueno, vamos yendo. Ya veo que tenés la cabeza en cualquier lado. Todavía tengo que comprarte las flores que te olvidaste y que no llegues tarde al trabajo.

 

Carlos Caro

Paraná, 3 de abril de 2013

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