Aventura mínima

Aventura mínimaBueno, ya está, la oscuridad es penumbra y me despiertan las acaloradas discusiones de los pajaritos tras la ventana.

Es inútil, aun cuando intento dormirme más tarde, mi reloj interno es inflexible, siempre marca la hora de mi despertar. De reojo miro con envidia a Julia, quien duerme  pacífica y profundamente a mí lado. Despacio, me siento he intento ponerme las pantuflas. Lógicamente sólo encuentro la derecha.

Con fastidio hago mis diarios ejercicios matinales: estiro lentamente una pierna hacia un lado y luego la otra en dirección contraria. No hay caso, la pantufla fugitiva no aparece.

Salgo del lecho y me pongo de rodillas, como adorando a ese tálamo que sigue siendo el altar de nuestro amor. Manoteo febrilmente por debajo y encuentro sorprendido esa fachistoide zapatilla deportiva que suponía estaban lavando. La saco con cuidado y sigo la búsqueda, al fin me doy por vencido.

Derrotado me levanto, sintiendo en cada articulación que se endereza, un leve dolor. Por eso el tiempo que demoro se hacen minutos.

Pienso que el problema es eminentemente político, como hacer convivir a la derecha con la izquierda. Cuando una se empaca, sencillamente se separan.

Resignado me dirijo rengueando hacia el baño. Supongo que la izquierda ya aparecerá, encabezando bravamente al proletariado de pelusas; oponiéndose al capital ¡Ops! al escobillón.

Extiendo los brazos frente a mí, en esta penumbra podría tropezar con algo y despertar así a mi frágil libélula. Ella dejaría su pacifismo a un lado y me lanzaría tal maldición que cual fuego me dejaría humeando el resto de la mañana.

Encuentro la puerta entreabierta y trato de pasar. Qué bochorno, miro a Julia por si ha sido testigo y respiro aliviado. Casi me meto en el closet. Ahora sí, agarrando el picaporte de la puerta, siento que estoy a punto de cambiar mi destino. Finalmente logro entrar al dichoso baño, miro por la ventana y veo en el edificio de enfrente a otro madrugador.

Qué cara de amanecido tiene, percibo que algo nos une. La esclavitud de la hora quizás. Con una sonrisa lo saludo con la mano. Me ha visto, también me saluda. Le muestro un cigarrillo y lo enciendo. Genial, también está de acuerdo, tiene encendido el suyo y compartimos esta hora mágica en que la ciudad no molesta.

Por fin el sol ya está sobre el horizonte e ilumina con fuerza. Giramos la cara en su dirección y me confundo, no lo entiendo ¿Está entrando a través de la ventana? Cuando vuelvo a mirar al frente me encuentro, con la colilla humeante, sólo, en el espejo.

Carlos Caro

Paraná, 09 de febrero de 2013

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